Reseña de La vida, de Tyto Alba

La vida. Una historia de Carles Casagemas y Pablo Picasso Book Cover La vida. Una historia de Carles Casagemas y Pablo Picasso
Tyto Alba
Astiberri
Cartoné
96

La amistad entre dos jóvenes artistas, Pablo Ruiz Picasso y Carles Casagemas, en la Barcelona, Málaga y el París de principios del siglo XX es la idea sobre la que gira La vida, la nueva obra de Tyto Alba

En La vida, el guionista y dibujante Tyto Alba toma prestado en nombre del cuadro de Pablo Picasso que sirvió para cerrar su época azul. Y lo hace para novelagrafiquear la épica inmediatamente anterior a que el artista malagueño lo pintase.

Unos años de juventud y bohemia en los que Picasso va de Barcelona a París, Madrid o Málaga buscando no solo una voz propia como artista. También un soplo de moderna libertad o la salida de la proverbial pobreza del artista. conocemos aquí a un pintor muy alejado todavía de la icónica imagen del genio canoso de camisa de rayas. Un joven que, junto a su inseparable amigo, el también pintor Carles Casagemas, se rebela contra el aburrido guión que la sociedad española de la época tenía reservado para muchachos de familia acomodada.

Tyto Alba cuenta una historia de juventud, amistad y amor que podría haber sido la de unos veinteañeros normales y corrientes. La dota de unos diálogos frescos y, podríamos decir, actuales. Le imprime, además un poso de naturalidad y sencillez. Finalmente, acompasa su relato con un trasfondo artístico e histórico magníficamente evocados que fluyen junto a la trama principal de manera simbiótica, sin distraerla nunca.

A buen seguro podría resultar tentador dejarse seducir por la imagen del Picasso más excesivo y “personaje”. Sin embargo, Alba realiza un retrato del malagueño y de Casagemas muy cercano, evitando ampulosidad alguna. Consigue, por ello, que la parte referente a la búsqueda artística quede perfectamente ensamblada y no “cante” a libro de Historia del Arte.

A través de sus acuarelas, creadoras de vaporosas atmósferas Tyto Alba logra ambientar de manera enormemente competente los humos de taberna, las nieblas callejeras y las brumas de las mañanas de principios del siglo pasado. Un trabajo fundamental, el de la ambientación, que el autor aborda con gran minuciosidad y, de nuevo, huyendo de artificios.

Haciendo un repaso de la trayectoria de Tyto Alba, la temática y ejecución de trabajos como Tante Wussi o este La vida sugieren hechuras de gran autor. Es muy probable que su última obra haya pasado injustamente desapercibida entre la avalancha de novedades del último trimestre, que esta mereciese un formato más “a la francesa”. Sea como sea, habrá que estar muy atento a sus siguientes pasos.

Reseña de La Grieta, de Guillermo Abril y Carlos Spottorno

La Grieta Book Cover La Grieta
Guillermo Abril y Carlos Spottorno
Astiberri
Cartoné
168

Después de tres años de trabajo que se inicia en diciembre de 2013, varias portadas, decenas de páginas publicadas en revistas y un World Press Photo, el fotógrafo Carlos Spottorno y el reportero Guillermo Abril se plantean darles otra forma narrativa a las 25.000 fotos y 15 cuadernos de notas completados, para contar lo que ocurre en las fronteras de la Unión Europea.

El periodista Guillermo Abril y el fotógrafo Carlos Spottorno pasaron tres años embarcados en un proyecto profesional y, me atrevo a afirmar, humano, que les llevó a visitar (o al menos, intentarlo) fronteras europeas muy dispares para conocer la realidad que se vive en ellas y realizar diversos reportajes para El País Semanal. La Grieta enlaza sus viajes en un formato que algunos han definido como fotolibro pero que, en realidad, utiliza la combinación de fotografía y textos de apoyo para vertebrar una narrativa secuencial que no pasa nada si definimos como cómic, aunque pueda aflorar por la cabeza la idea de fotonovela. Un poquito de mentalidad abierta nunca hizo a nadie.

Tanto el especial A las puertas de Europa, cuyo vídeo, que capta el rescate de una embarcación de refugiados en pleno Mediterráneo y le proporcionó un premio World Press Photo a Carlos Spottorno, como la posterior trilogía Europa cierra las fronteras son trabajos periodísticos de primer orden. En ellos, se puede adivinar la buena química personal de dos excelentes profesionales como clave de un resultado igualmente excelente. Hay algo en la cercanía y naturalidad de la manera de redactar de Guillermo Abril, en la calidez y el sentido de la oportunidad de las instantáneas de Carlos Spottorno que les convierte en un equipo periodístico de altos vuelos.

La idea de prolongar la vida de un estupendo material de partida (los reportajes) y aprovechar otros miles de fotografías y cientos de páginas de notas tuvieron como resultado La Grieta. Llama la atención, en primer lugar, la facilidad con la que funciona un experimento decididamente heterodoxo, que se queda a medio camino de muchas cosas: novela gráfica, libro de fotografía… En mi opinión, el acierto total es saber aprovechar lo mejor de cada casa como vehículo para contar una realidad. El drama de los refugiados se ha contado y se cuenta a través de textos, fotografías y reportajes audiovisuales. Abril y Spottorno practican un periodismo 360º que no es que sea moderno, es que es la realidad necesaria para ejercerla profesión en un presente tan complejo como el que vivimos. Es por ello que, dentro de la lógica transmedia de su manera de trabajar, el formato de novela (foto)gráfica aporta una cuarta pata extremadamente interesante y reveladora.

La Grieta es una obra valiente que entiende el lenguaje del cómic. Carlos Spottorno no es dibujante, pero sí un fotógrafo de primera línea con un gran dominio del lenguaje audiovisual, y puede que Guillermo Abril no haya escrito un cómic en su vida, pero es indudable que sabe contar una historia de la que ha sido, a la vez, testigo y protagonista. La obra de Spottorno y Abril se codea con obras referenciales en materia de periodismo y viñetas como Palestina, de Joe Sacco o El Fotógrafo, de Didier Lefèvre, Emmanuel Guibert y Frédéric Lemercier. Allá donde un dibujante de cómic como Sacco quiso afilar su vertiente periodística o Guibert (dibujante), Lefèvre (fotógrafo) y Lemercier (rotulista y maquetador) convierten en historia narrada en cómic un material fotográfico preexistente, en La Grieta vemos cómo es el medio el que se somete al trabajo de dos autores en principio ajenos al cómic y que utilizan herramientas gráficas y narrativas suficientemente maleables para que acaben siendo lo mismo pese a ser diferentes. La constatación del uso de esta solución no debe ser interpretada como un inconveniente ni como algo meritorio per se.
La Grieta es el resultado de querer dar una vida extra a un material que, por su calidad y valor como testimonio informativo merecían una vida que fuese más allá de la efímera existencia que otorgan los suplementos dominicales o el archivo online de un medio masivo. Los autores, sin embargo, han eludido cubrir expediente con una recopilación más o menos inspirada y van mucho más allá. Demuestran entender y respetar el medio elegido y han sabido, gracias a el, enriquecer un material que ya por sí era sobresaliente, consiguiendo un resultado único.

Al habla con Víctor Puchalski sobre Enter the Kann

Hace un par de meses publicaba en FHM una entrevista con Víctor Puchalski a cuenta de la publicación de su Enter the Kann, uno de las obras más estimulantes, viscerales y salvajes de 2016. Por motivos de espacio se quedó mucho material fuera, así que me ha parecido interesante publicar aquí y ahora la entrevista al completo.

Kann es un personaje difícil de clasificar, ¿cuál era tu visión?
Kann se mueve en un contexto jodido que ya de por si es difícil de clasificar. Es un maestro de un estilo de Kung Fu fantasioso, dark, chorras y a la vez hiperviolento. Cuesta mucho saber si Kann es un héroe, un antihéroe o un villano; y ahí está la movida que tiene como personaje.
Tenía claro, cuando lo dibujé por primera vez, lo que andaba buscando; un tipo que visualmente tuviese toda la pinta de un maloso de dibujos animados, que aquello fuese el absurdo total porqué me funcionaba muy bien a nivel simbólico el separarme lo máximo posible de un protagonista más estandarizado. No podríamos empatizar con él, ni por el aspecto (que podría molar mil), ni por lo que hace (que podría divertirnos mil), pero si en el eje de lo que le mueve. Es un tipo que está hasta lo huevos, que se echa la manta al cuello y se pone en modo FUCK THE WORLD y que os peten. Solo hay que ver el primer texto del libro; esto no es un principio, es un final. Esa era mi visión con Kann. Asistir al cierre, al cambio de vida, al giro de 180º que da un tipo que es algo así como la mayor máquina de matar sobre la tierra. Dar pie a nuevos principios, tener un personaje con el que jugar cómo y cuando quiera, con mogollón de posibilidades en mogollón de direcciones distintas.
Kann, como todo, como cada pieza, es un mensaje en sí mismo, y al mismo tiempo es un catalizador, pero nos quedamos aquí y así no hacemos spoiler, ni condicionamos.

Misticismo japonés, lo sobrenatural, chulería, hostias como panes, sexo… ¿cuáles son los referentes que manejas para esta epopeya de la desmesura?
Bueno, en cuanto a cómo tratar el contenido, como vertebrar la historia, la música a tenido una influencia que te cagas. Me gusta plantearme el tochazo como si fuese un disco, con esa división de capítulos. Hay una historia común pero por ejemplo, pasé absolutamente de contar que sucedía entre esos capítulos. Kann acaba al final de un enfrentamiento atravesando un portal intedimensional y al siguiente capítulo ya anda corriendo por unas montañas de Siberia.
Para mí, armarlo todo, es un deber, una esclavitud. El amo es el mensaje. A ese hay que rendirle cuentas y a partir de eso intento estar cómodo, jugar bien, tener la cabeza fría y las tripas calientes, intentar pasarlo bien y pasarlo bien pasándolo mal. Ahí vienen el segundo “bloque tocho” de referentes; lo visual.
Utilizo lo que creo que mejor funciona para conducir todo esto y en este caso han sido estéticas y piezas de una cultura que ya es universal. No solo tiro de muñecos, ochenterismos, redigestión del mainstream noventero tebeil, manga, conceptual, colores acid, etc, etc. porqué me mole, sino porqué creo que es lo que le toca, es mi herramienta para esto. Heavy Metal, pues con guitarra, pero puestos a fusionarlo con un rap, ¿por qué no hacer la base del mismo con una armónica o un cajón flamenco, seco, duro, TAM!? Me es difícil siempre hablar de mis referentes, pero más o menos ese viene a ser el proceso, está ahí fuera, aquí dentro; y lo pillo porque es lo que le iba al pelo al asunto.

 

La portada es, literalmente, un puñetazo en la mandíbula del lector, cuéntame cómo surgió el tema y cómo habéis conseguido que funcione
La portada es ideaca de Ata Lassalle. El proceso en realidad fue muy guay, porqué en cuanto Ata, desde Autsaider Cómics, me propuso el tema animación yo me puse a hacer lo que me mola, pegarme el invento. Empezar a ver que funcionaba ahí. Y mira, justo enlaza con lo anterior. ¿Qué busco? ¿Qué le va? ¿Qué quiero y qué parte de todo lo que es Enter the Kann quiero que destaque aquí? Fácil; Youtube y unas cuantas horas de videos de intros de dibujos de los 80’s y 90’s, mucho visionado de pantallas de inicio de videojuegos que me gustasen y fuesen en sintonía con lo que estábamos haciendo y sobre todo mucho cruce de mails.
La magia oscura que se utiliza para hacer esto… ni idea, jajajaja. Tampoco es que sea muy complicado el sistema, investigué, pero al final me quedé en lo mío, en lo que me tocaba exprimirme el melón; buscar el concepto y currarme los frames necesarios para que aquello fluyese todo lo mejor posible. Ata es una calculadora, un espadachín; él es quién se preocupó de que la locura no se quedase en intento y que aquello funcionase.
¿Cómo se consigue mezclar macarreo, filosofía oriental y acción de videoclub y que al final el resultado sea todo un ejercicio artístico de narices?
Vuelvo un poco a lo de antes; el mensaje, lo que quiero contar, lo que trasciende a la imagen, a lo visual y al cómo se cuenta; eso es lo suficientemente fuerte como para actuar como vertebrador de todo. También me guía a la hora de concebir un capítulo; su forma, su fondo, su figura. Al final esto es ritmo, es un baile, una relación, un tira y afloja, una asfixia y un deja respirar.
El macarreo, la filosofía, el ver ahí dibujados los sentimientos del personaje, los ticks casposos del cine de acción… si es que lo tenemos todo ahí fuera. Puede ser un tebeo muy raro por momentos, quizás difícil, arriesgado, pero es que yo tampoco tengo la sensación de haber estado “hablando en marciano”. No es una vacilada, no hay una intención de llegar a que ese ejercicio artístico sea el “BOOM” de la cosa (aunque claro, suma); simplemente eran las herramientas que utilizar; las que a mí me gustan, las que yo creía oportuno utilizar, que encajaban. Ves que fluye, que encaja. Vas pintando hasta conseguir un TODO que sea el que quieres.

Conforme avanza Enter the Kann hay todo un trip gráfico que va de lo puramente abstracto a lo fundamental del tebeo de acción de toda la vida, pasando por lo retro y secuencias de gustarse… ¿qué perseguías con estas mutaciones?
Intencionalidad. Vuelvo sobre lo de asfixiar y dejar respirar. Lo visual, lo estético, no deja de ser una de las herramientas. A nivel personal, cuando estaba pariendo la cosa, también quería sentirme cómodo, complicarme la vida, pasarlo mal, encontrar el mejor lenguaje posible. Hay dos conversaciones, la del TODO y la del capítulo que estás leyendo. Esa mutación, ese cambio de dibujo, pese a que el cambio pueda ser radical ayuda a no perderse, actúa como “traductor” en cierta manera, es el mejor comunicador; PUM, cambio de rollo, nos metemos en algo nuevo, seguimos dentro de la misma historia, el nexo es el mismo, la columna es la misma, pero el enfoque, el contexto, cambia. Parece y se percibe como algo loco, pero creo que ayuda cuando lo estás leyendo a saber que ya no sigues en la misma habitación, pero te mantiene dentro de la misma conversación. Es un diálogo, puede haber una base, un tema, pero se ramifica, y eso… muta. Tiene que mutar, o vaya, para mí era importante someterlo a esas mutaciones y volantazos.
Me gusta ver cómo está funcionando, la verdad, porque la peña no se pierde, lo pilla, y sobre todo se divierte, y eso estaba en la lista de intenciones.


¿Es lo estético lo fundamental en Enter the Kann?
Es parte fundamental, sobre todo porque forma parte del lenguaje, es el catalizador de un mensaje, pero eso no lo convierte en “LO FUNDAMENTAL”. Hay para rascar en Enter the Kann. Lo estético está ahí y es bien importante. Se puede disfrutar por si solo y ayuda como herramienta que se cagas. Es que son armas, tío. Aquí no se puede separar; no sería KANN.
En Kann hay un contaste entre un planteamiento de mística muy loca desarrollada con un lenguaje de la calle. Tú eres un tipo muy de barrio, de raíces. ¿Te encuentras cómodo conjugando esas dos facetas?
Mucho. Además es que desde mi punto de vista lo veo tan compatible. El lenguaje, al igual que otros puntos o ticks en Enter the Kann es otra herramienta más que en este caso me sirve mogollón para “anclar” a quien lo lee. Para mí no son elementos que se jodan el uno al otro; piensa en Hora de Aventuras, en su lenguaje, en su forma de ser, y luego eso lo planteas dentro del mundo en el que están… esa es la clave. Das un contexto mágico, fantasioso en el que metes lo que estás contando, y luego el lenguaje está al nivel de como hablas con tu hermano, con tu prima, con la de correos o con el repartidor que lleva cargado de fantas al bar. Encaja. Es estrafalario visto así, pero es cercano, es humano; es tu sentido del oído, del día a día, traducido a un papel y a unas letras que “salen” de las bocas de los personajes. No sé, creo que funciona.


Hay un tratamiento de la acción y del sexo muy visceral, muy de testosterona. ¿Te da miedo meterte en algún jaleo por “políticamente incorrecto”?
No. Para nada. No me suena haber firmado ningún tipo de compromiso o contrato que me ligue o me obligue a tener una responsabilidad con quien lea y vea lo que dibujo. Cuentos las cosas y las dibujo, como quiero, como creo que hace falta y se adapta para la historia que estoy contado, como me da la gana. No puedo tener miedo por la reacción (futura; posiblemente mala o no) que pueda tener alguien al ver lo que dibujo. Más que nada porque el problema lo tendrá esa persona, no yo. Esto no es real, pero OJO, tampoco es mentira. Yo hago ficción, no cuento mentiras.

¿Tenías a un ayudante que dibujase las venas?
JAJAJAJA, todas yo. 100% Puchalski en cantidades Autsaider Cómics.

¿Qué va a ser lo próximo? ¿Power folklóricas? ¿Bandoleros mutantes? ¿Bakalas postapocalípticos?                                                      Pues bandoleros mutantes y algo tipo bakalas postapocalípticos habrán, no es coña, jajaja.
Lo próximo, por si la gente quiere empezar a montarse la peli chachi, será mi rollo al 200%. Historias que hablan sobre temas muy humanos, muy del día a día, de nuestro presente y de lo que yo creo que pueden ser los futuros que nos esperan, pero con todas las marcas de la casa como “traductor”, como catalizador de eso, de esas preguntas y respuestas que me monto con estos temas.
Oficinistas, un chico con síndrome de Down, druidas de fantasía heroica, bandas de motoristas salvajes en un mundo de espada y brujería con rayos láser, juicios intergalácticos al último hombre libre por no ser partidario de la violencia, etc, etc… Una influencia de la leche del Star Trek original, vaya; y de 3000 cosas más.
Se llamará “”DIÁLOGO: Vol. 1 EL ESTIGMA DE LA VICTORIA””, y la herramienta fundamental aquí para vertebrarlo todo de forma guay y volcarlo ha sido la definición y acepciones, “lugares” y reflexiones, a los que me ha llevado la palabra COMBATE.

Reseña de Palos de ciego, de El Irra

Palos de ciego Book Cover Palos de ciego
El Irra
Astiberri
Cartoné
136

Jesús regresa al barrio que lo vio crecer, la Esquina del Gato, un barrio sevillano de extrarradio donde se dan cita la violencia y la lucha constante contra las adversidades de la vida. Su objetivo es reanudar su relación con Irene, su antigua novia, y comenzar un proyecto juntos. Con ayuda de Fae, su amigo de la infancia, intenta escapar de la delincuencia y la marginación, abriéndose un hueco en el mundo laboral y en la sociedad. Pero Vargas, el exaltado hermano de Fae, aviva la llama de algo que se cuece desde hace tiempo...

Palos de ciego es el estreno en formato largo de El Irra, un autor sevillano curtido en trabajos anteriores en los que ha abordado el género policíaco y la ciencia ficción.

Israel Gómez Ferrera, nombre real que oculta su nom de plume, es un autor ciertamente atípico. De inicios autodidactas, abandonó una pujante carrera como dibujante e ilustrador plagada de premios y reconocimientos durante algunos años para trabajar como cerrajero en la Costa del Sol.
Ahora, con muchas páginas por delante, El Irra se propone contarnos una historia de hijo pródigo ambientada en la Sevilla que no sale en las guías turísticas. De su mano, Aterrizamos en un gueto en el que en vez de hip hop y ropa de la NBA hay copla y camisetas del Betis. En todo lo que nos muestra habita una violencia cotidiana y subyacente que afecta a cada rincón de la barriada en la que se desarrolla la acción. Pero más impactante aún resulta la absoluta ausencia de esperanza que se cierne sobre todos y cada uno de los personajes que pueblan las páginas de Palos de ciego.

Con su combinación entre género negro, quinqui y retrato social, El Irra compone un retrato descarnado que toma como claro referente a Frank Miller, al cual acerca a una tradición narrativa española eminentemente cruda y tremenda en la que no hay lugar la glamourización del crimen y la violencia.

El dibujo afilado y vibrante del autor retrata una barriada decadente y que apesta a podredumbre moral y estancamiento social, una auténtica ciudad del pecado donde cada uno intenta sobrevivir donde puede con su presente y su pasado. El Irra ha perfeccionado una manera de hacer que le permite ser intenso sin pagar el peaje de la grandilocuencia y apuntar con atmósferas, miradas o gestos. Su manera de construir personajes deja esa sensación de intranquilidad que le recorre el cuerpo a uno cuando transita por malas calles a horas intempestivas, donde cada esquina puede ser un problema y cuando cada minuto puede depararte un susto. En la galería de vidas rotas que es Palos de ciego hay un costumbrismo nada complaciente que torna en un cierto tipo de denuncia social, la que expone pero no juzga. Hay también secretos, rivalidades, cuentas por ajustar y verdades que quizás no lo sean tanto. El Irra ha conseguido ensamblar todo esto con una excelente capacidad de planificación y desarrollo y con un gran talento para trazar personas creíbles a partir de arquetipos de personajes. Pero, sobre todo, el sevillano destaca por una habilidad al alcance de pocos artistas: remover con su trabajo las entrañas del lector.

Palos de ciego es un largometraje de debut que confirma, por si hacía falta, que la escudería Astiberri cuenta con un nuevo autor español imprescindible.

Reseña de Cuarentón, de Joe Ollmann

Cuarentón Book Cover Cuarentón
Joe Ollmann
La Cúpula
Rústica
196

Cuarentón es la historia de un hombre de cuarenta años, John, que vuelve a ser padre con una nueva esposa, mucho más joven que él, lo que se traduce en un ataque lento y doloroso mediante pañales sucios a su antigua virilidad y a su propia identidad.

Cuarentón, de Joe Ollman, es un tebeo que a diversos niveles, apunta directamente al la línea de flotación de la nostalgia, que cuenta un aquí y ahora determinado mediante recursos y convenciones de hace veinte años.

Lo hace, en primer lugar, desempolvando un género como el slice of life, paradigma del tebeo indie de finales del siglo pasado. Ollmann, disfrazado de un protagonistas que-es-el-pero-no-pero-sí plantea un interesante doble juego. Por una parte, las maneras de contar, ese punto confesional y autocrítico, esa combinación verité con gotas de humor amargo y un poco de patetismo, son reserva espiritual de autores como Peter Bagge o Joe Matt. Todos esos modos, e incluso su dibujo desaliñado y un poco guarro y sus páginas de nueve viñetas son una especie de jacuzzi al pasado que otorgan a Cuarentón un añejo sabor a tebeo de grapa en blanco y negro de la década de los noventa.

Joe Ollmann interior

Pero es que, además, Joe Ollmann entra a saco en el juego nostálgico presentándonos a un protagonista atrapado en un presente de vida adulta, responsabilidades y rutina con el que no sabe o no quiere saber lidiar, en contraste con ese pasado cronológicamente concordante con la época de eclosión indie que el sosias de papel del dibujante asocia a los momentos más vivos y emocionantes de su vida.

De manera más o menos consciente (me decanto por lo segundo), Ollmann busca llegar al lector mediante la proximidad de situaciones y reflexiones. Su retrato del cuarentón contradictorio aferrado desesperadamente a una juventud que se le escapa entre los dedos de unas manos llenas de pañales sucios y bolsas de la compra es tan certero como despiadado. El canadiense traza con precisión la ambigüedad de un personaje para el cual la fantasía es la única manera de recuperar un pasado que añora esencialmente como remedio a un día a día poco o nada estimulante pero que, a la hora de la verdad, es demasiado cobarde par abandonar la comodidad de su pequeño mundo adulto.

En el fondo, Ollmann, a través de su costumbrismo semiautobiográfico, realiza un pequeño gran homenaje a esa ficción a la vez verista y peterpaniana protagonizada por treintañeros que predominó durante los noventa, la de Beautiful girls o las primeras películas de Edward Burns. Es difícil que la generación que retrata Girls pueda empatizar con una obra escrita por y para la generación que retrataba Friends (o al menos, la que creyó verse retratada). Pero eso, en realidad, es algo incluso saludable, en tanto en cuanto sirve para normalizar el cómic como medio en vez de como género. Cuarentón es una obra entrañablemente anacrónica que, precisamente por eso, consigue pulsar determinados botones como solo sabían hacerlo ciertos tebeos de los noventa.

Reseña de ¿Quién es el 11º pasajero? Moto Hagio

¿Quén es el 11º pasajero? Book Cover ¿Quén es el 11º pasajero?
Moto Hagio
Tomodomo
rústica
328

Todos los candidatos a ingresar en la Universidad Estelar, escogidos entre lo más granado de las civilizaciones de la galaxia, son agrupados en 70 grupos de diez para enfrentarse a una prueba final que valorará si merecen el honor de considerarse válidos para dicha institución. Para el grupo 22, la prueba consiste en sobrevivir encerrados en una nave a la deriva que orbita alrededor de un planeta deshabitado. Cada uno de los miembros se juega mucho en este examen, pero si tan sólo uno de ellos se da por vencido, todos suspenderán. Nada más atravesar las puertas de la nave, se dan cuenta de que algo va mal: no son diez, sino once personas allí. ¿Quién es el undécimo pasajero?

Quien es el pasajero numero once supone el esperado debut de Moto Hagio en España. La dibujante japonesa pasa por ser una de las figuras fundamentales del shojo manga y lleva desarrollando desde hace cuatro décadas una carrera tan ecléctica como fascinante.

¿Quién es el 11º pasajero ? Se compone de dos obras largas y diversas historias cortas protagonizadas por el mismo grupo de personajes. En la primera, que es la que da nombre al volumen, un grupo de cadetes espaciales de distintos rincones del universo se enfrentan a una durísima prueba de acceso a la universidad galáctica. Para rematar el tema, uno de los miembros de su grupo es un intruso.

La obra, que se publico originariamente en 1975, es un adelanto de la ciencia ficción espacial que despega época. Hay, claro, un poco de lo que luego veríamos en Alien (1979) y Atmosfera Cero (1981). Hay también esa combinación de drama intenso salpicado aquí y allá de momentos de comedia algo tontos que tanto parece gustar a los japoneses y tanto nos desconcierta a los occidentales.

Moto Hagio arma un grupo de personajes principales ciertamente carismáticos y otro de secundarios comparsa a los que sabe recurrir en el momento preciso. La autora gestiona admirablemente el suspense y la sensación de peligro en una historia cuyos ingredientes resultarán familiares a los conocedores del género sin que ello menoscabe la capacidad de sorpresa. Hay, además, un aire general de ingenuidad que se contagia fácilmente al lector.

La continuación se llama Al horizonte del este, eternamente el oeste y rescata a algunos de los personajes de la obra original a los que, en esta ocasión, sitúa en una especie de juego de tronos galáctico lleno de traición, huidas y guros argumentales. De hecho, la ambientación galáctica es prácticamente un aderezo de lo que viene a ser una historia de intrigas palaciegas with a twist en el que la autora hace alarde de un gran esmero a la hora de diseñar trajes, uniformes y ambientación. Siendo también una obra entretenida y bien desarrollada, el resultado es quizás menos vibrante que su antecesor, en tanto en cuanto se potencia de manera muy acentuada el componente dramático y los personajes parecen ir asentándose en unos roles de aventura algo más tradicionales.

El volumen concluye con una serie de historias cortas llamadas Space Street que componen una suerte de sitcom protagonizada por los personajes principales de los anteriores dos segmentos, dibujadas con un estilo más suelto y marcadas por un humor muy chiflado.

Uno de los elementos más llamativos de ¿Quién es el 11º pasajero?  es la manera de Moto Hagio de abordar la ambigüedad de los personajes como motor narrativo pero también como una solución que le permite dinamizar la interacción entre los personajes y diversificar el abanico dramático de la obra.

En la historia que arranca el volumen, esta ambigüedad de los personajes en cuanto a su origen y motivaciones es una baza clave para el relato, en el que resulta fundamental mantener el suspense sobre la identidad del misterioso pasajero número once. Hagio, además, hace que uno de los personajes sea hermafrodita y dota a uno de los protagonistas de una sexualidad indefinida que le permitirá convertirse en hombre o mujer más adelante, según su propia elección. Este imaginativo recurso, además de ser de una sencilla originalidad, permite a la autora realizar un juego pendular entre romance y comedia y modular el octanaje de este shojo. Un recurso que confiere a la obra de una gran flexibilidad y permite, además, evitar un excesivo encasillamiento en tópicos y convenciones del género.

¿Quién es el pasajero número once? es un pertinente recordatorio de que, décadas después de su desembarco en nuestras tierras, en España solo hemos empezado a rascar la superficie de lo que nos puede ofrecer el cómic japonés. En este caso, además, el recordatorio es un estupendo manga editado con muchísimo cariño y atención.